Críticas
Amor, locura y muerte
Almas Oscuras - Publicado: 15/Jun/2016
Por: Nuria Silva
En El Escondido, un pequeño pueblo, perdido y olvidado en algún lugar del interior de la Argentina, vive Raulo (Luis Ziembrowski), un leñador con retraso mental, de aproximadamente cincuenta años. Comparte la casa con su anciana madre, Ercilia (Marilú Marini), y su bellísima hermana, Roberta (Paula Brasca), varios años menor. Pocos son los demás habitantes de este lugar. Cada uno de ellos tiene un rol definido que resulta funcional a la lógica hermética de la sociedad que conforman. Pero antes incluso de presentar a estos tres personajes principales y el mundo que los rodea, la película comienza desde el final, estableciendo lo que sigue como un gran flashback esclarecedor.

A modo de prólogo, primero vemos escondida tras las ramas de algunos árboles una Iglesia, que inmediatamente queda tapada por un enorme y pesado cartel de madera, que reza: “Bienvenidos a El Escondido”. A pocos metros, una ínfima cantidad de vecinos escucha atentamente al párroco del lugar, Aarón (Valentín Javier Diment), que les anuncia la posible apertura comercial del pueblo. Su discurso lejos de estar enfocado en la fe se asienta fuertemente sobre los principios del liberalismo económico. El tono de su voz y su semblante también. En ese momento, y como si estuviera en trance, Roberta irrumpe en la escena atacando a dos de las mujeres presentes, muriendo a los pocos segundos desnucada de forma abrupta por el cartel que se desprende debido a la pudrición de uno de los eslabones que lo sostiene.

En El Escondido, como bien indica su nombre, hay un adentro y un afuera, realidades y caretas, y también muchos secretos que no lo son. Nada de lo oculto permanece ajeno. Todos saben qué papel cumple cada uno, y esto, claro, según el horario y la circunstancia. En la densidad de la noche surgen las verdades y las miserias que a la luz del día se disfrazan de espuria amabilidad. La fotografía predominantemente sepia de las escenas diurnas, en las nocturnas muta a detalles de color intensos que resaltan en la negrura general. El adentro común a todos es el prostíbulo de mala muerte, donde casi todos los pueblerinos gozan de la joven Roberta que también ha sabido asumir su lugar. Pero, como lo anticipa la presentación de la película, la sangre empieza a correr cuando esa inherente oscuridad cobra vida bajo la luz del sol y se manifiesta impiadosa sobre ellos. Es la apertura (como revelación) de lo escondido lo que desata el caos.

La abstracción espacial y los arquetípicos personajes empiezan a convertirse en símbolos más amplios y menos categóricos de una realidad que supera (y con creces) la ficción. Lo que organiza esta microsociedad es ese poder superior al que nunca veremos de frente, ni siquiera en el papel de Aarón, tan preso de sus redes como los demás. A decir verdad, no hay víctimas ni victimarios absolutos, todos los personajes son pobres diablos condenados a muerte. Lo terrible es reconocer en ello la condición humana. La experiencia que propone El eslabón podrido es la de la paranoia infundida por las instituciones dominantes que, a través de la represión y el eretismo, consolida el funcionamiento capitalista.

Oprimir las pulsiones más esenciales del ser humano, que van desde el alimento hasta el sexo, permite transformarlo en un consumidor desmedido que encuentra en el mercado (legal e ilegal) lo que le fue usurpado, y de esa forma, mediante el corrimiento de lo natural todo se vuelve perverso. La violencia latente se materializa recién sobre el final, que estalla mediante un gore sin sentido que es, a su vez, el producto catártico de aquellos esquemas que buscan tener todo bajo control. La carnicería se desata por el lado más primitivo, salvaje e indómito, que encarna la familia de Raulo, Ercilia y Roberta; ellos son el eslabón podrido que quiebra la cadena de consumo, y será Raulo, el más inocente, y por esto inadaptado, del trío quien pueda cortar el mal de raíz. La masacre en la que deriva la historia se torna un acto vital, enérgico, de carácter anárquico y necesario para terminar con casi una hora de tensión permanente, perversiones y sadismos varios que apelan a la incomodidad del espectador, al que además se le ha arrebatado el salvavidas de la identificación. El escondido es tierra de nadie.

Confeso amante de las películas de George Romero y John Carpenter, así también como del cine de Leonardo Favio y de la literatura de Horacio Quiroga, Valentín Diment es el director de género del panorama argentino presente que —además de evidenciar una notable maduración estilística y narrativa entre el melodrama gore sobrenatural La memoria del muerto, y el drama familiar rural devenido slasher, El eslabón podrido— ha demostrado la seria intención de revivir la cualidad política del cine de terror. Los autores mencionados no son mero capricho; el cine de Diment (y expandiría esta lectura a su faceta como documentalista) es un combo cada vez mejor nivelado entre la espectacularidad del cine de género y un fuerte anclaje idiosincrático, tanto a nivel espacial como narrativo. Por esto es que los universos cerrados que construye (en sus ficciones) o exhibe (en sus documentales) se vuelven no sólo creíbles en sí mismos sino también el sello de una mirada particular (y probablemente desencantada) del mundo y sus funcionamientos.
Posteado: 27/Jun/2016 - 4:35 pm